Opinión
   

OPINIÓN, de Benjamín Garca Guerra 

EL FENÓMENO DEL BOTELLÓN

Llevo 3 meses aproximadamente viviendo en  Castilleja de la Cuesta, por tanto no podría definir ni clasificar las carencias y necesidades de este pueblo aljarafeño. Mi pretensión es reflejar en este escrito, abierto a modificaciones, las cuestiones que me llamen la atención, e intento, desde una perspectiva imparcial y objetiva, ayudar a mejorar las condiciones de vida y la conciencia de ella de los que aquí vivimos.

Parece que la cuestión del “botellón” es común a todos aquellos municipios donde el grueso de jóvenes supere los 100 habitantes residentes, y entiendo por jóvenes las edades comprendidas entre los 15 y los 30 años (aproximadamente). Es decir, es un fenómeno que se arraiga a marchas forzadas y se extiende por todo el país; para entender el fenómeno es preciso empatizarse con el joven que aporta 5 euros a un botellón y así se permite beber entre 3 y 5 copas que le reportarán, en función de la edad, un nivel de desinhibición que derivará en agresividad, alegría, compañerismo, altos niveles de “líbido” y la posibilidad de relacionarse con relativa garantía de éxito. Pero parece ser que no es éste un problema característico de Castilleja. Es más, parece que los daños colaterales del fenómeno traducidos en ruidos, molestias, malos olores, suciedad, etc., aquí en Castilleja son de un nivel leve o al menos, en detrimento de menos vecinos que en otras poblaciones. Yo encuentro dos formas de ubicar el “botellón”, es decir, o bien los jóvenes (en función de las “modas”) deciden paulatinamente quedar en una zona que termina convirtiéndose en “el lugar”, o bien las autoridades competentes deciden dónde no se puede ubicar y por proceso de eliminación y por decisión de un grueso de los jóvenes, éstos quedan en otro sitio que termina consolidándose como lugar de reunión. También cabe la posibilidad de un fenómeno que denomino de disgregación, es decir, que en función de los habitantes, las clases sociales, las edades y otros factores, pueden aparecer focos o “conatos de encuentros” en varios lugares diferentes (en algunos casos, creo que éste es el proceso previo que paulatinamente deriva en un solo lugar de encuentro). Entonces, es en Castilleja donde los jóvenes (porque somos los que decidimos dónde y cuándo quedamos) han determinado que el “campo de la feria” es donde cabe mayor número de gente y así parece ser mejor. Esta cuestión parece inherente al nivel de madurez, es decir, cuánto más joven o inmaduro somos, más nos gustan las aglomeraciones, y sin embargo, cuando nos hacemos mayores, parece que nos gusta más la exclusividad, además de otros factores como la comodidad, el poder adquisitivo, las responsabilidades, etc.

El problema tiene múltiples perspectivas para enfocarlo; se puede hablar de lo que concierne a todo el municipio, de lo que significa hoy y mañana (a corto, medio y largo plazo) para los jóvenes, sus hábitos, su salud, las carencias sociológicas derivadas directa e indirectamente del fenómeno, el descontrol del fenómeno por parte de las “autoridades”, etc. Pero para eso ya existen estudios y análisis de consecuencias. Creo que la perspectiva más interesante que puedo aportar, es desde dentro. Mi generación, mis coetáneos y yo, es decir, según creo, los que tienen 5 años más y 5 años menos que yo, somos copartícipes y difusores del “movimiento” y el fenómeno del “botellón” en detrimento de los bares y sus copas a 6, 8 y 10 euros. Insisto en la cuestión del fenómeno porque se convierte en un lugar de encuentro que te permite relacionarte con los “tuyos” y con el resto de los “participantes” y así, cada uno puede mostrar su forma de relacionarse cuando bebe alcohol. Es una cuestión que puede tratarse con ”parches” prohibiéndolo, incentivando a los jóvenes o trasladando el lugar a otro sitio, bajando los precios de los bares, creando lugares de ocio, espacios nuevos de sociabilidad más dinámicos y con posibilidad de autogestión, etc., pero no dejan de ser parches. El fenómeno, creo que está lo suficientemente arraigado que precisa un “pendulazo” de la Historia, es decir, si yo he sido copartícipe, lo conozco y tras un proceso lógico de madurez no querré que mis hijos se diviertan en estas aglomeraciones, desharé los mecanismos que derivan en este tipo de encuentros. Nada, nada, es una cuestión sociocultural, una mala interpretación de la libertad y unas carencias a nivel educativo que reflejan el “libertinaje” del que tanto hablan los mayores. Es una forma de pasárselo bien por poco dinero y así entrar en una discoteca o un bar con unas copitas de más que serán fáciles de aguantar con otras tantas en el mismo.

¡¡Esto no es una moda!!, esto es un espacio de sociabilidad donde puedes exhibir tu modelito, conocer a la chica o al chico que te gusta, llamar la atención, ostentar de las múltiples formas conocidas (que aquí en el sur nos encanta) y ya entrando en materia que concierne al resto de los habitantes, molestar sin conciencia alguna del valor que mayor fuerza pierde hoy día, la convivencia ciudadana y el civismo. Es decir, si los decibelios permitidos a la hora que sea son “x”, nosotros rozamos las barreras de lo soportable destrozando los tímpanos del resto de forma impune, siendo un delito más. Es necesario recordar que Sevilla es una de las ciudades catalogadas como más ruidosas del mundo y Castilleja no parece ser menos en lo que a ruidos de motores se refiere.  Una de los peores defectos que a su vez es de las mejores virtudes del ser humano, es que nos acostumbramos a todo. Entonces, nos hemos insensibilizado con los ruidos y el alto nivel de decibelios que emiten las motos en particular y los vehículos y obras en general en todas las ciudades, pero no deja de ser contaminación acústica y además de ser molesto a la hora de dormir, pasear o hablar en la calle, es perjudicial para la salud. En otras ciudades más civilizadas que las nuestras, es una tarea más de la policía local el medir los decibelios que emiten las motos y así evitar las molestias y consecuencias en nuestros sistemas auditivos y nuestra tranquilidad a las que, como he dicho antes, nos hemos acostumbrado en detrimento de nuestra calidad de vida.

Aquel que piense que en estos encuentros se mueve la droga y por ello son peligrosos, se equivoca. La droga también forma parte del fenómeno. Habría que definir el concepto de droga porque la más perjudicial y peligrosa es el propio alcohol y la tolerancia que hemos adquirido hacia él y sus consecuencias que se llegan a entender como beneficiosas. Estoy de acuerdo en afirmar que la menos peligrosa en este caso es la del hachís por muy escandaloso que pueda parecer. Me explico: yo estimo que un 60% de la población joven ha fumado “porros” alguna vez (entendiendo éstos como los que contienen hachís o marihuana), pero es que creo que cerca del 20 % o más de los jóvenes fuman con cierta asiduidad. Con esto digo que la tolerancia hacia el hachís se acerca (aunque le queda todavía) a la del alcohol. “killo harte tu er porro mientras yo pongo las copitas”. Pero como digo, el fenómeno va más allá de lo que nuestros padres se imaginan. Creemos que las drogas denominadas “de diseño” es cosa de unos pocos, unos desalmados o unos chavales con pocos recursos. De nuevo, nada más lejos de la realidad porque no son sólo las drogas de diseño que hoy día son desbancadas por el “mdma” ( que produce bienestar y sensaciones de querer y ser querido mientras te diviertes con todo hasta que se te pasa el efecto). También existe un fenómeno que ya no se vincula a personas famosas o de clase alta con bastante poder adquisitivo, no!!!, no!!!. La cocaína está presente en la juventud en un porcentaje (a mi entender) peligroso y desconocido hasta ahora. El acceso a ésta y al resto de drogas es uno de los factores más novedosos; cualquiera puede vender y comprarla de forma impune, y lo que me parece más peligroso aún, que los chavales vinculen el tráfico de las mismas con valores como valentía, madurez, riesgo o peor aún, respeto y admiración. Esto es así, no me lo invento. 

Quiero decir con esto, que nadie se crea que es una moda pasajera, que es un pequeño porcentaje de la población o simplemente un colectivo de jóvenes determinado. Nada más lejos de la realidad. Me atrevo a decir que el 95 % de los jóvenes ha ido alguna vez a un botellón y que, en determinadas edades, el 75 % o más, acude con asiduidad a este tipo de encuentro nocturno. Creo que prohibirlo es absurdo, pero hemos de ser conscientes de lo que existe y luego criticar, tomar medidas a título personal (con nuestra juventud) y tratar de erradicar los malos vicios que se derivan de los excesos en todos los sentidos. Ahora bien, prohibir el “botellón” no es una medida eficaz si no se acompaña de alternativas a la juventud, de un sistema educativo nuevo y eficaz, de cambios de conductas y hábitos de los padres a los hijos y viceversa mediante la recuperación de valores necesarios, de educar a los padres de lo que significa una mala interpretación de la libertad y el dejar hacer a los hijos, etc. La Logse permite a cualquier chaval convertir el instituto en otro espacio de diversión y entretenimiento donde se reúne con los colegas y ve a las chicas o a los chicos que le gustan. No sólo es eso, pero para muchos chavales, el concepto de estudio y desarrollo de sus aptitudes se desvirtúan para llevarle a la desmotivación y al consecuente fracaso escolar. El chaval se pregunta muchos “porqués” antes de perder el interés por lo que hace al desconocer para qué lo hace y en qué dirección y ahí el papel de la familia es letal porque nos imaginamos que “soltándolos” en el colegio y concediéndole lo que pide o lo que creemos que necesita, hemos cumplido como padres. Ese chaval en un momento de su vida, a una determinada edad (que yo estimo cada vez más pronta) alguien le va a ofrecer una “calada” de un “porro” y probablemente le guste porque además de sentirlo físicamente, forma parte de una relativa élite dentro del instituto o del barrio que han pasado de fumar tabaco como “los mayores” a fumar “porros” como los mayores más “mafias” (dentro de la jerga juvenil, aquel que se ha atrevido ya a hacer cosas peligrosas o que casi nadie hace con su edad).

Yo tengo una experiencia personal que creo preciso contarla. En el barrio donde vivía y donde me crié, hace unos 12 años, los chavales de mi edad comenzaron a coquetear con las drogas. Lo típico, comienzan con el tabaco, el alcohol y relativamente pronto, con drogas más duras: tripis, pastillas (éxtasis), cocaína, mezclas de todas ellas, etc. Resulta que había un solar abierto y grande donde se reunían al medio día, por las tardes, por las noches y allí fumaban porros, contaban anécdotas, bebían cerveza, etc. Como hay gente de todo tipo, estaban los que alardeaban, los más prudentes, el que ostentaba por complejos, el gracioso, la “parienta/as” de algunos, etc. Me encanta analizar a la gente y, como parece inherente al ser humano que convive en sociedad, estoy cargado de prejuicios (como casi todos). Pues mis 4 amigos y yo, éramos algo especiales; hacíamos acto de presencia por conocer al resto de chavales y por tomar parte en la situación de actos de habla, conversaciones, etc. Me alegro de ser amigo de ellos porque además de buenas personas, hemos sido conscientes del peligro de la denominada coloquialmente “juntilla”, y nos hemos mantenido al margen.

Un buen día, comenzaron allí, en el lugar de encuentro, una obra. Indagamos un poco y resulta que cabían allí 4 pistas de fútbol sala que el ayuntamiento iba a construir. Nunca pensé cómo ese hecho iba a determinar el futuro inmediato de muchos de esos chavales, incluso el nuestro. Cuando acabaron las obras, comenzamos a jugar, a aficionarnos a este deporte de tal forma que para mí, en particular, se convirtió en una pequeña obsesión que dura hasta hoy día. La endereza que creí tener frente a los estímulos de aquellos chavales que se drogaban por diversión primero y luego por necesidad, se debe en parte a este otro estímulo. Creo que el hecho de tener tan cerca la posibilidad de reunirme allí con mis amigos y jugar con ellos y con la mayoría de los chavales que he mencionado al fútbol sala,  fue letal para no caer en malos vicios que otros mayores y menores que yo, sí cayeron.

Bien, esa realidad la he conocido en muchos otros barrios; en otros de un grueso de chavales mucho mayor, la cuestión alcanzaba magnitudes preocupantes. Pues hoy día, mi teoría de que aquello iría a más, la corroboran otras muchas reuniones similares que además encuentran en sus motos “trucadas”, sus coches “tuneados”, sus impresionantes perros de presa (cuya educación se les ha ido a la mayoría de las manos), motivo de ostentación y recreo para sus ratos libres con los amigos. También, característico de muchos de ellos son los tatuajes combinados con piercings, pelados extraños (producto de mal interpretaciones de las modas televisivas), las vestimentas y los botines “de muelles” y sus correspondientes jergas callejeras destructoras del andaluz auténtico y la ausencia, en muchos de ellos, del sentido de una sana convivencia en sociedad y del necesario civismo para ello.  ¿Alguien sabría decirme hacia dónde vamos? ¿Para cuándo el punto de inflexión o el pendulazo de la Historia? ¿es realmente cosa nuestra darle a esto un giro copernicano?       

 

16 de junio de 2006