Opinión
   

MÁS ALLÁ DEL MAR, de Carmen Miuris Rivas 

LA LEYENDA DE EL TEMPRANILLO 

Desde Santiago de los Caballeros, Rep. Dominicana

Los campos de Andalucía, la encantadora serranía que tantas veces ha sido inspiración de  poetas, tierra de olivares y de mosto, fue en los albores del siglo XIX, un campo minado y temido por el peligro que encerraba. Eran tiempos de guerra con el invasor francés, inestabilidad, hambre, miseria, campeaban por doquier. Es en ese tiempo que surge casi de la nada la historia de un hombre que siendo casi un adolescente, entra al mundo del bandolerismo y crea un estilo único que todavía nadie ha podido imitar.

José María Pelagio Hinojosa Cobacho, natural de Jauja, Córdoba, es el héroe protagonista de cientos de anécdotas que constituyen una leyenda conocida dentro y fuera de España.

No se sabe a ciencias ciertas que originó su destino aventurero, mas de una historia se teje sobre ello, lo cierto es que huye de la justicia al matar a un hombre, se va al monte iniciando muy joven el bandolerismo, es su temprana edad, lo que origina  el  apodo de “El Tempranillo”. Sus correrías lo convirtieron en el famoso Robin Hood que robaba a los poderosos para dar a los pobres. 

La Andalucía de aquel tiempo era temida no solo por el peligro de sus caminos, sino por la carencia de las cosas mas indispensables. El clima despiadado era también un factor determinante para no desear arriesgarse. Abundaba la ley no solo del mas fuerte, sino del mas inteligente y entre éstos destacaba por su arrojo y suspicacia, El Tempranillo.

Se cuenta que al despojar de una sortija a una dama, con sumo descaro le decía: “Señora, una mano tan bella, no precisa de adorno”, besaba su mano, mientras sigilosamente deslizaba del dedo la sortija. A la par que crecía su fama de bandolero, se incrementaba su popularidad como benefactor de los pobres.

Tenía El Tempranillo unos ojos agudos, de viveza extrema y unos labios apretados y finos, su mano izquierda fue destrozada por la descarga accidental de una pistola, siempre andaba a caballo. Como los bandidos famosos de las películas era inalcanzable, se escabullía con gracia, rindiendo a sus perseguidores. Se ofrecía una recompensa por su captura vivo, o muerto.

Como todo bandolero que se “respeta”, tenía varias amantes, casó no obstante en un pueblo de Cádiz con María Jerónima Francés, que murió en el parto de su único hijo. Como un héroe espartano tomó el cadáver de su mujer y puso sobre el caballo y atando el recién nacido a su faja, salió al galope del cortijo donde vivía, desafiando el fuego de los Migueletes.

Ante el poder insostenible de El Tempranillo, los ricos hacendados andaluces pidieron la intervención del Rey Fernando VII, fue esa intervención que motivó el indulto suyo y de su banda. Entregaron armas y caballos y cada uno marchó a su casa.

Poco tiempo disfrutó de su nueva misión de ayudar a regenerar bandidos, en el año 1833, otro José María puso fin a su vida disparándole a traición, todavía con vida fue auxiliado, pero él pareció presentir su muerte, pidió ayuda espiritual del Cura y dictó además su última voluntad ante un Escribano, muriendo al día siguiente. Veintiocho años tenía, una vida en sus inicios que muy temprano había empezado en los azares del bandolerismo

Desaparece con El Tempranillo, el prototipo del auténtico bandolero generoso, cuyo mito dejó unidas las provincias de  Sevilla, Córdoba y Granada.

Dos casas, dos caballos y algunos reales prestados que su hijo nunca recuperó, fue el patrimonio dejado.

 

16 de julio de 2007