Opinión
   

MÁS ALLÁ DEL MAR, de Carmen Miuris Rivas 

SEVILLA Y YO

Inolvidable el día en que arribé al aeropuerto de la capital andaluza. Ansiedad, alegría, nostalgia, todo se unía en una confusión de ideas, primaba sin embargo el anhelo tan acariciado de pisar esa tierra. Algo agotada, me peleaba con mi cuerpo porque clamaba  a voces otra cosa que no fuese la idea de caminar, de pasearme por Sevilla y verlo todo de una vez, los ojos pugnaban por abatirse, pero me preocupaba de mantenerlos alerta para mirar aquí y allá, queriendo retratar y guardar en mis pupilas, las imágenes. Inmenso archivo de recuerdos me une a esa ciudad y su entorno y cada día es mas profunda mi conexión con ella, ya que si ayer habitaba en Sevilla la mitad de mi corazón, se acrecienta hoy en mucho, esa dimensión .

Un año hace ya que estuve en la otrora capital del mas poderoso reino de Taifas. Parece ayer, sin embargo, parece también un siglo, aunque ayer, o dentro de cien años, vivirá en mi corazón el recuerdo de la histórica Isbiliya de los Moros.

 ¿Cuándo volveré? No lo se, pero es tanta y tan positiva  mi energía para lograrlo, que creo que en poco tiempo, estaré de nuevo recogiendo azahares y persiguiendo ocasos y amaneceres en Sevilla.

Los pueblos de Sevilla, Bormujos, Tomares, Aznalfarache y otros tantos que recorrí como en un sueño, los olivares, las tapas en el atardecer, la promesa incumplida de un mosto de Aljarafe, forman parte de mi colección de añoranzas.

Cada día, era una nueva experiencia, era ponerme en contacto con la historia que por años permanecía engavetada en mi intelecto, recorrer las calles era sorprenderme a cada paso con los detalles de tiempos seculares que permanecen intactos en esa parte del viejo mundo y que como estudiosa de la historia, me son tan preciados. Era como refrescar la mente de mi  época de estudiante, cuando me embebía en esa parte del saber memorizándola, como si de un cuento se tratara, solo que esta vez, tocaba con mis manos, muros y escenarios protagonistas de muchos de los episodios que marca la historia.

Cuando visité Los Reales Alcázares, y tuve la certeza de que siglos atrás allí mismo, los árabes dejaban impresas en aquellos recintos sus huellas que son hoy, materia de estudio, temblé un instante para en seguida reponerme examinando la Casa de los Príncipes, viviendas del siglo IX, que abarcaban desde la Plaza del Triunfo, hasta el pintoresco Barrio de Santa Cruz. Todo un día explorando esas y otras reliquias, al cabo del cual, mis acompañantes casi tuvieron que emplear la fuerza para sacarme de allí, tal era mi abstracción de la realidad y mi concentración en todo aquel armazón que sostuvo una gran fuerza humana, cuya impronta no se extingue.

Traspasar el umbral de la antigua Casa de contratación, hoy Archivo de Indias, fue ponerme en contacto con mis antepasados, los aborígenes Taínos que habitaban Quisqueya cuando Cristóbal Colón descubrió en 1492, la isla La Española. Recorría vitrinas leyendo mapas y escrutando objetos antiguos, documentación de la isla La Española de la época de la Colonia, el ámbar de las entrañas de mi tierra, prodigiosamente trabajado, se exhibe en un collar en el Archivo de Indias, al estar en contacto con documentos y ver dibujado en el mapa las dimensiones de mi país, de inmediato afloró, involuntariamente a mis ojos, la humedad de una lágrima, ya controlada, seguí navegando en el mar de recuerdos del Archivo.

Mi recorrido por la ciudad se iniciaba cada día al azar, solo en contadas ocasiones, salía con una ruta predeterminada, ya que amiga de lanzarme a la aventura, me agradaba perderme en los vericuetos de los barrios pintorescos y quedarme prendada de la gracia de un patio andaluz en el barrio de Santa Cruz, oteando tras las rejas e imaginándome vestida con un traje de Sevillana, escoltada por un majo andaluz !Olé!  Lo mismo que miraba algo extrañada bajo el calor de agosto y septiembre, parroquianos tomando humeantes churros con chocolate, frente a la Iglesia de La Macarena, en esta misma iglesia, a la derecha de su entrada principal, observé con beneplácito la imagen de La virgen de La Altagracia, patrona del pueblo dominicano.(Por si acaso, busquen del lado izquierdo).

Plaza América, Los jardines de Murillo, La Giralda, cuyos pisos subí en su totalidad para desde lo alto contemplar los cimientos de una ciudad que no es la mía, pero amo como tal. La Torre del Oro, los puentes de Triana y El Alamillo sobre el Guadalquivir, en cada uno de estos monumentos dejé impresa una huella, ¿Habrá acaso un sevillano capaz de encontrarla? 

Regaba alpiste en la Plaza de las palomas, era sin embargo, la Glorieta de Bécquer en el Parque de María Luisa, el punto donde brotaban todas mis emociones, durante mi permanencia en Sevilla, fui una estatua mas para sumar cuatro a las de la Glorieta del poeta, sentada junto a ellas, cerraba los ojos, y daba rienda suelta a mi imaginación, mas de una leyenda engarcé bajo la sombra del ciprés que cobija al monumento y junto a las diferentes manifestaciones del amor representadas allí, añadía la ilusión de que uno muy especial, me tocara. “Y tuve hambre! ¡Los ojos hinchados cerré para morir! El mundo estaba desierto para mi”. Hoy sin embargo, quisiera volver para susurrar”Hoy la tierra y los cielos me sonríen, hoy llega al fondo de mi alma el sol, hoy lo he visto...Lo he visto y me ha mirado. ¡Hoy creo en Dios!

Unas vacaciones, por largas que sean, siempre llegan a su fin, mi estancia terminaba y el día de la partida, mis ojos parecían aprisionar entre sus párpados, la infinitud de una lágrima que ni caía, ni se evaporaba, negada a decir adiós, cerré mis ojos jurándome a mi misma regresar, un hasta siempre, marcó mi despedida.

Sevilla, forma parte de mis afectos mas preciados y tal parece que preso entre sus viejas murallas,  mi otro yo, aguarda su rescate, estoy presta a liberarlo para juntos fundirnos en estrecho abrazo con Sevilla.  

  

30 de julio de 2007