Inolvidable
el día en que arribé al aeropuerto de la capital andaluza. Ansiedad, alegría,
nostalgia, todo se unía en una confusión de ideas, primaba sin embargo el
anhelo tan acariciado de pisar esa tierra. Algo agotada, me peleaba con mi
cuerpo porque clamabaa voces otra
cosa que no fuese la idea de caminar, de pasearme por Sevilla y verlo todo de
una vez, los ojos pugnaban por abatirse, pero me preocupaba de mantenerlos
alerta para mirar aquí y allá, queriendo retratar y guardar en mis pupilas,
las imágenes. Inmenso archivo de recuerdos me une a esa ciudad y su entorno y
cada día es mas profunda mi conexión con ella, ya que si ayer habitaba en
Sevilla la mitad de mi corazón, se acrecienta hoy en mucho, esa dimensión .
Un
año hace ya que estuve en la otrora capital del mas poderoso reino de Taifas.
Parece ayer, sin embargo, parece también un siglo, aunque ayer, o dentro de
cien años, vivirá en mi corazón el recuerdo de la histórica Isbiliya de los
Moros.
¿Cuándo
volveré? No lo se, pero es tanta y tan positivami energía para lograrlo, que creo que en poco tiempo, estaré de nuevo
recogiendo azahares y persiguiendo ocasos y amaneceres en Sevilla.
Los
pueblos de Sevilla, Bormujos, Tomares, Aznalfarache y otros tantos que recorrí
como en un sueño, los olivares, las tapas en el atardecer, la promesa
incumplida de un mosto de Aljarafe, forman parte de mi colección de añoranzas.
Cada
día, era una nueva experiencia, era ponerme en contacto con la historia que por
años permanecía engavetada en mi intelecto, recorrer las calles era
sorprenderme a cada paso con los detalles de tiempos seculares que permanecen
intactos en esa parte del viejo mundo y que como estudiosa de la historia, me
son tan preciados. Era como refrescar la mente de miépoca de estudiante, cuando me embebía en esa parte del saber memorizándola,
como si de un cuento se tratara, solo que esta vez, tocaba con mis manos, muros
y escenarios protagonistas de muchos de los episodios que marca la historia.
Cuando
visité Los Reales Alcázares, y tuve la certeza de que siglos atrás allí
mismo, los árabes dejaban impresas en aquellos recintos sus huellas que son
hoy, materia de estudio, temblé un instante para en seguida reponerme
examinando la Casa de los Príncipes, viviendas del siglo IX, que abarcaban
desde la Plaza del Triunfo, hasta el pintoresco Barrio de Santa Cruz. Todo un día
explorando esas y otras reliquias, al cabo del cual, mis acompañantes casi
tuvieron que emplear la fuerza para sacarme de allí, tal era mi abstracción de
la realidad y mi concentración en todo aquel armazón que sostuvo una gran
fuerza humana, cuya impronta no se extingue.
Traspasar
el umbral de la antigua Casa de contratación, hoy Archivo de Indias, fue
ponerme en contacto con mis antepasados, los aborígenes Taínos que habitaban
Quisqueya cuando Cristóbal Colón descubrió en 1492, la isla La Española.
Recorría vitrinas leyendo mapas y escrutando objetos antiguos, documentación
de la isla La Española de la época de la Colonia, el ámbar de las entrañas
de mi tierra, prodigiosamente trabajado, se exhibe en un collar en el Archivo de
Indias, al estar en contacto con documentos y ver dibujado en el mapa las
dimensiones de mi país, de inmediato afloró, involuntariamente a mis ojos, la
humedad de una lágrima, ya controlada, seguí navegando en el mar de recuerdos
del Archivo.
Mi
recorrido por la ciudad se iniciaba cada día al azar, solo en contadas
ocasiones, salía con una ruta predeterminada, ya que amiga de lanzarme a la
aventura, me agradaba perderme en los vericuetos de los barrios pintorescos y
quedarme prendada de la gracia de un patio andaluz en el barrio de Santa Cruz,
oteando tras las rejas e imaginándome vestida con un traje de Sevillana,
escoltada por un majo andaluz !Olé!Lo
mismo que miraba algo extrañada bajo el calor de agosto y septiembre,
parroquianos tomando humeantes churros con chocolate, frente a la Iglesia de La
Macarena, en esta misma iglesia, a la derecha de su entrada principal, observé
con beneplácito la imagen de La virgen de La Altagracia, patrona del pueblo
dominicano.(Por si acaso, busquen del lado izquierdo).
Plaza
América, Los jardines de Murillo, La Giralda, cuyos pisos subí en su totalidad
para desde lo alto contemplar los cimientos de una ciudad que no es la mía,
pero amo como tal. La Torre del Oro, los puentes de Triana y El Alamillo sobre
el Guadalquivir, en cada uno de estos monumentos dejé impresa una huella, ¿Habrá
acaso un sevillano capaz de encontrarla?
Regaba
alpiste en la Plaza de las palomas, era sin embargo, la Glorieta de Bécquer en
el Parque de María Luisa, el punto donde brotaban todas mis emociones, durante
mi permanencia en Sevilla, fui una estatua mas para sumar cuatro a las de la
Glorieta del poeta, sentada junto a ellas, cerraba los ojos, y daba rienda
suelta a mi imaginación, mas de una leyenda engarcé bajo la sombra del ciprés
que cobija al monumento y junto a las diferentes manifestaciones del amor
representadas allí, añadía la ilusión de que uno muy especial, me tocara.
“Y tuve hambre! ¡Los ojos hinchados cerré para morir! El mundo estaba
desierto para mi”. Hoy sin embargo, quisiera volver para susurrar”Hoy la
tierra y los cielos me sonríen, hoy llega al fondo de mi alma el sol, hoy lo he
visto...Lo he visto y me ha mirado. ¡Hoy creo en Dios!
Unas
vacaciones, por largas que sean, siempre llegan a su fin, mi estancia terminaba
y el día de la partida, mis ojos parecían aprisionar entre sus párpados, la
infinitud de una lágrima que ni caía, ni se evaporaba, negada a decir adiós,
cerré mis ojos jurándome a mi misma regresar, un hasta siempre, marcó mi
despedida.
Sevilla,
forma parte de mis afectos mas preciados y tal parece que preso entre sus viejas
murallas,mi otro yo, aguarda su
rescate, estoy presta a liberarlo para juntos fundirnos en estrecho abrazo con
Sevilla.