Opinión
   

EL RINCONCILLO, de Miguel Martínez 

CON ORDEN, POR FAVOR

El desmesurado crecimiento que ha experimentado el Aljarafe desde hace alrededor de una década viene siendo tema habitual en las tertulias taberneras. Ya no deja indiferente a ningún sevillano, resida o no en la comarca. Atrás han quedado incontables filas de olivos que se perdían en el horizonte. Atrás ha quedado toda esa vegetación que nos hacía sentir un poco más privilegiados ante el hastío y la rutina diaria. Atrás, también, han ido quedando esas porciones de tradición y recuerdos de las que solamente pueden hacer gala los más antiguos del lugar. Y todo esto sólo para dar cabida a varias toneladas de ladrillos y hormigón. ¿Era realmente necesario acabar con el paisaje reinante durante siglos para construir casas y piscinas? Es de sobra conocido que todo en exceso es malo. Algunos saldrían beneficiados si se aplicaran al cuento.

Frente a mi casa se construyó hace ahora medio año una urbanización que consta de cinco calles, y habrá allí alrededor de treinta viviendas. En ocasiones me paro a recordar la cantidad de patadas que le pegué al balón de fútbol y la de partidos que jugué rodeado de amigos en ese terraplén. Todo esto, claro está, cuando en vez de casas había campo. Con dos piedras en cada lado se hacían dos porterías, y ¡a jugar!. Ahora las piedras están puestas una sobre otra, y tienen un precio inalcanzable para la mayoría de los mortales. Tristes decisiones que alguien tuvo que tomar.

Pueblos como Espartinas, Bormujos o Tomares han desarrollado un crecimiento urbanístico fuera de los parámetros establecidos, y lo peor es que los municipios  limítrofes van por el mismo camino. Casas y rotondas, rotondas y casas. El desarrollo es necesario pero hay que hacerlo bien. Con orden, por favor. Todo esto viene muy bien al Aljarafe: nuevos y numerosos puestos de trabajo, una mayor oferta de ocio y un crecimiento del nivel de vida son algunas de las notas positivas que encontramos gracias a este desarrollo urbanístico. No obstante, el descontrol y la avaricia a la hora de ejecutar estas acometidas se convierten en dos trabas para el porvenir de la zona. Se requiere una mejor planificación. Nadie pone en duda la trascendencia que esto supone para nuestra comarca, pero su llegada ha servido para relegar a un segundo plano (o incluso eliminar) tradiciones y ambientes únicos y autóctonos. Los ayuntamientos del Aljarafe deberían tener en cuenta este hecho, puesto que sus pueblos están perdiendo la fisonomía que años atrás les hizo singulares y característicos. Progreso sí, pero con cabeza. Urbanizaciones también, pero respetando nuestra tierra. El Aljarafe nos lo agradecerá.

 

24 de mayo de 2006

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