Toros
   

LA CRÓNICA, de Antonio Ramos Calderón

EL CID, AL NATURAL, DESCERRAJA EL PÓRTICO DE LA GLORIA DEL TOREO

Plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Sábado, 23 de septiembre de 2006. Lleno hasta la bandera, aunque no se puso el cartel de “no hay billetes” en las taquillas. Primera corrida de la Feria de San Miguel. Vigésimo séptima de abono. Tarde soleada y de agradable temperatura. Ambientazo de gran acontecimiento. Se lidiaron seis toros de tres lotes de ganaderías diferentes, bien presentados y manejables en líneas generales. Dos astados de La Dehesilla (1º y 4º), bravos y con clase, sobre todo el que abrió plaza. Dos bureles de Zalduendo (2º y 5º), uno más enrazadito y el otro más pastueño. Y dos de Victorino Martín (3º y 6º), soso y aguado el que cerró festejo y repetidor y encastado el que hizo tercero.

Manuel Jesús “El Cid”, de tabaco y oro, quien actuó como único espada, obtuvo el siguiente balance: un pinchazo y estocada entera (silencio); estocada caída (una oreja justita); estocada desprendida y tendida (dos orejas); estocada caída (ovación); estocada entera de perfecta ejecución y un descabello (una oreja); y estocada caída (ovación de despedida). Al final de la encerrona fue aupado en hombros y salió en volandas por la Puerta del Príncipe triunfal y merecidamente tras el corte de cuatro orejas en total.

David Saleri, de rosa palo y oro, hizo las veces de sobresaliente de la corrida y fue invitado toreramente por El Cid a participar en un quite artístico en el sexto, de Victorino. Detalle bonito, ¿verdad Cayetano Rivera Ordóñez, rey de las mixtas?

Las cuadrillas tuvieron una calificación global de bien alto. Rafael Perea “El Boni” y José Manuel Fernández “Alcalareño” destacaron con las banderillas y se desmonteraron tras parear al tercero y al sexto, respectivamente.

Dos horas y cuarenta minutos de espectáculo dieron para muchos matices, pero lo fundamental es que nadie se aburrió y la expectación creada duró hasta más allá de las nueve de la noche. Antes que recurrir al manido tópico del gesto o de la gesta, hay que reseñar que ayer se vivió en el coso del Baratillo una tarde de izquierdas. Sí, durante algunas fases de la actuación cidiana brilló con luz propia el bello toreo zurdo y eso, en los tiempos que corremos, es ya un auténtico lujo para el aficionado cabal y un difícil logro al alcance de muy pocos diestros elegidos y tocados. Sin embargo, quizá todavía contagiado por la atronadora ovación que le rindieron cariñosamente los tendidos tras romperse el paseíllo, el de Salteras también dio un auténtico recital con el capote en su primero. Templadísimas verónicas de saludo al toro y a la tarde, despatarrado y compuesto, que remató con dos medias notables. Aunque más majestuosa aún resultó si cabe otra media verónica en un magnífico quite posterior de toreo fundamental con el percal. Y es que el primer cornúpeta de José Luis Pereda embistió casi al ralentí en las telas. Fue noble y acudía con clase. Manuel Jesús lo vio pronto y brindó al público la faena, pero después no hubo entente cordiale ni comunión completa entre hombre y animal. Los ayudados por alto iniciales contuvieron enjundia, pero no así los enganchones sucesivos siguientes que deslucieron su primer quehacer muleteril. Un gran toro, "Tonto" de nombre, para soñar el arte de Cúchares, solamente cuajado en su mitad por el aljarafeño.

El segundo, de la “Moheda de Zalduendo”, no se empleó en el caballo y, en la muleta, por el contrario, vislumbró un fondo de raza interesante. El saltereño quitó por chicuelinas y con la pañosa roja tiró bien al natural en cuatro series que arrancaron la música de la banda de Pepín Tristán. En este burel de Fernando Domecq sí hubo entedimiento por parte de un Cid que al principio lo sobó y luego lo toreó con más arrebato, enfado y fibra. El tercero, junto al que abrió plaza, fue el toro de la corrida. “Malacara”, de Victorino, cumplió en varas y fue encastado, repitiendo por abajo e incansable en la franela. El comienzo del trasteo de Manuel Jesús fue genuflexo y con sometimiento. Aquí llegó lo de más entidad de toda la larga tarde: una apoteosis con la mano izquierda, siempre con pureza y verdad. Los vuelos a ras de suelo besaron el dorado albero en tandas al natural profundas y enormes. Fueron al menos cinco las series que interpretó y ejecutó con la zocata, todas abrochadas con unos interminables pases de pecho que barrieron el lomo de su enemigo. Sobresalió un bonito afarolado de la tauromaquia particular de El Campeador y el pasodoble “Dávila Miura” sonó con acordes esplendorosos durante toda la faena. Cerró citando de frente y encajando la figura, con la muleta en su mano preferida, gustándose y acordándose de los aires trianeros de la calle por donde sale La Esperanza y el Cristo de las Tres Caídas en La Madrugá.

El cuarto, de La Dehesilla, fue sosito en los primeros tercios y, el de Salteras, lo recibió con lances capoteros rodilla en tierra ganándole terreno hasta los medios, donde remató con tres medias verónicas, la segunda con garbo. Luego, brindó a su padre, presente en un burladero del callejón. Su quehacer muleteril pecó de atosigar en demasía al astado onubense de Pereda, ya que éste pedía una media distancia que el aljarafeño no supo ni pudo encontrarle. Ante un toro de condición bondadosa y bonancible, que embistió de largo al principio, sólo pudo lucirse el espada en las dos primeras series por el pitón derecho donde parecía que lo iba a meter en el canasto. Cosa que finalmente no logró porque los enganchones tampoco ayudaron a un mayor acoplamiento y lucimiento.

En el quinto, de Zalduendo, citó por estatuarios en los medios para empezar la faena. Hasta ese instante el burel aún no se había definido de una manera clara en su juego. Manuel Jesús se entretuvo en dos estimables tandas en redondo con la mano de cobrar antes de que el cornúpeta hiciera amagos de rajarse. Sin embargo, al natural (esa poderosa izquierda siempre presente), embebió de nuevo a su oponente con gracia, apretura y cierta cintura. El toro, aunque alegre, terminó mirando descaradamente las tablas maestrantes en las postrimerías y se puso complicadito para entrarle a matar con una afilada tizona. Algunos adornos embarullados desentonaron un poco de su aceptable labor en este penúltimo de la encerrona. El sexto, con el hierro de la A coronada, fue el más “esaborío” de la interesante corrida tripartita en el plano ganadero. Aquí El Cid destacó en un buen quite a la verónica jalonado con una media lenta y parsimoniosa. Con la pañosa anduvo voluntarioso y dispuesto, queriendo también agradar al respetable en su último cartucho. Este victorino no tuvo la misma vibración del anterior y fue menos franco y agradecido que su “hermano” del lote, incluso cogió al matador en un acto de despiste y exceso de confianza en el centro del anillo por parte del sevillano de la provincia. La sosería y la escasa humillación y transmisión fue el denominador común en los andares sobre el ruedo de este astado que no propició una traca final como la tarde se habría merecido. Quizá tampoco hizo falta, porque el recuerdo del toreo al natural quedará impregnado en la memoria de los que asistimos ayer al coso del Arenal por mucho tiempo… Y por cierto, El Cid, torero de izquierdas, ya le lleva dos Puertas del Príncipe de ventaja a un tal Morante que vive en La Puebla del Río. Sevilla y La Fiesta piden a gritos un duelo y una leal competencia entre ambos. Que quede constancia en esta crónica de uno de los festejos más esperados desde el año pasado y que ya pasó a la historia y a los anales de la plaza hispalense.

FOTOS: Matito, de TOROSCOMUNICACIÓN 

 

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Antonio Ramos Calderón
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