Toros
   

LA CRÓNICA, de Antonio Ramos Calderón

"NÚÑEZ DEL FLOJILLO" Y LA CARA ESPERPÉNTICA DEL TOMATE TAURINO

Plaza de toros de Espartinas (Sevilla). Sábado, 17 de marzo de 2007. “Planeta Toro, I Feria del Toro Bravo y su medio ambiente”. Lleno de no hay billetes en los tendidos. Tarde soleada y calurosa con tormenta final de lluvia, truenos y centellas en los dos últimos bureles del festejo. Se lidiaron ejemplares de la ganadería gaditana de Núñez del Cuvillo (divisa verde, roja y blanca), demasiado justos de presentación, desfondados sin emoción ni transmisión alguna y con casi nula clase y casta. El escaso juego y el resultado en el arrastre de los astados fueron los siguientes, según el orden de lidia:
1º. Jabonero sucio. Nº 124. Flojo de remos y noble. Aplausos en el arrastre
2º. Colorao ojo de perdiz. Nº 211. Manejable y escurrido de carnes. Silencio
3º. Negro. Nº 43. Sospechoso de pitones, cortito y anovillado. Embestida “esaboría”. Silencio
4º. Negro. Nº 174. Bien hecho y proporcionado. Franco y pastueño. Silencio
5º. Negro. Nº 197. Devuelto a los corrales injustificadamente. Seriecito y bien presentado
5º BIS. Negro. Nº 13 (sobrero también de Núñez del Cuvillo). Bobalicón. Aplausos
6º. Negro. Nº 151. De mayor volumen y trapío. Silencio

Juan Antonio Ruiz Román “Espartaco”, de verde esperanza y abundante oro, tres pinchazos y estocada (ovación desde el tercio); dos pinchazos, bajonazo en los blandos y un descabello (silencio); dos metisacas delanteros, un pinchazo y estocada (gran ovación)

Cayetano Rivera Ordóñez, de blanco y oro, tres pinchazos, estocada y un golpe de verduguillo (silencio); espadazo trasero y defectuoso y tres descabellos (ovación desde el tercio); tres pinchazos y estocada (palmas)

El sobresaliente David Saleri, de grana y oro, inédito como siempre por avaricia de sus compañeros que no le dejaron intervenir ni en un solo quite. Fue una tarde de monopuyazos y todos los bureles únicamente recibieron dos pares de banderillas sobre sus lomos. Incomprensible, pero así está el patio de La Fiesta y, por lo visto, hay que aguantarse y morderse la lengua ante tanta tropelía y despropósito. Pero ahora pasemos a relatar el templado recibo capotero de Espartaco al que abrió plaza, animal abrochadito de cuerna y cómodo de defensas. Juan Antonio brindó la faena a su pueblo e interpretó una labor de enfermería con suavidad y tersura en los muletazos a media altura. Siempre en maestro, epilogó con ayudados por alto. Ante el tercero, bizco de pitones y con las energías medidas, lo intentó todo hasta que tuvo que tramitar el asunto ante tan deslucido material. En el quinto bis, vimos lo más destacado de Espartaco, muy a gusto cuando comenzó a llover y la tormenta arreció en el cielo. Arrebatado dio una larga cambiada de rodillas al hilo de las tablas y se mostró animoso con la capa. El tercio de varas en este cornúpeta fue un mero simulacro y, la lidia de José Antonio Muñoz, pésima. Aún así, Juan Currín dejó un excelente par de palitroques. El sobrero de Núñez del Cuvillo, noblón y chochón, permitió al veterano diestro aljarafeño ejecutar dos series con la zurda muy puras y geniales. También se adornó por molinetes y martinetes, característicos de su poderoso repertorio taurómaco. Como hecho triste y lamentable, manifestar que Espartaco hizo todo lo que tenía en su mano y alcance para devolver a los corrales al quinto toro de la extraña tarde, el cual no le gustó nada. Finalmente, consiguió que el verbenero palco echara para atrás a su enemigo en pleno tercio de banderillas de una manera sorprendente. Esto no hay quien lo entienda y así nos luce el pelo. Un descrédito absoluto para el ganado caché de la segunda plaza de Sevilla y su provincia.

Y Cayetano. O simplemente “Caye” para las nenas. Hizo concebir esperanzas en un compuesto quite de tafallera, dos verónicas y una media ante el segundo del encierro, el cual acusó un picotazo trasero y un volatín posterior. “El elegido”, como diría Álvaro Acevedo en sus caros cuadernos, brindó al público su primera faena ante un silencio maestrante de expectación. Sin embargo, nuestro gozo en un pozo porque aquello derivó en un concepto fuera de cacho y frío que nos recordó, por momentos, a su deslavazado hermano Francisco. Un continuo “pegapases” sin decir gran cosa y todo hilvanado en perfecta línea recta. De ningún modo dio con la tecla de la distancia y la correcta elección de los terrenos. Al cuarto, también bizquito de armamento, lo saludó elegantemente con el percal y lo llevó galleando por chicuelinas al piquero hasta dejarlo en suerte con una airosa revolera. Posteriormente, nos deleitó con unas gaoneras llenas de regusto y torería. La buena condición del “cuvillo” en los iniciales compases de la lidia animó a Cayetano para brindarle la faena a su “profesor particular” –y ahora compañero- Espartaco. El inicio del trasteo de hinojos puntuó en valentía y decisión, para luego perderse por los senderos artistas del detalle y el pitiminí. Ayudados por alto, dos circulares, manoletinas, adornos y desplantes accesorios… pero poco y escaso toreo fundamental. De nuevo, los trazos lineales y el “temido” destoreo hicieron que el diapasón bajara sin solución en la franela. Estábamos en el cuarto acto del “glamouroso” espectáculo y el pique y la competencia del mano a mano todavía no había aparecido por ningún resquicio del ruedo espartinero. Tampoco hacía falta –dirán algunos-. La esperada corrida finalizó y la rivalidad brilló por su ausencia e inexistencia. Nada novedoso bajo el sol del clavel y el puro. Una ligera y goterona llovizna acompañada de relámpagos presenció el despegadito quehacer del hijo de Paquirri al bobo y mansote sexto, mientras la marabunta desfilaba por los pasillos y vomitorios huyendo del agua y el espanto de festejo. La banda, al resguardo de la Puerta Grande, tocaba “Nerva” en estéreo. Parafraseando al reconocido literato español y aplicándolo a la figura del actual torero Cayetano Rivera Ordóñez, podríamos decir que la sombra de su abuelo Antonio Ordóñez es alargada y que él, a lo único que parece aspirar de momento, es a vivir del “cuento” y de la cantinela familiar del morbo amarillento y sensacionalista. Ojalá me equivoque y algún día pueda tragarme estas palabras pero, ¿quién puede emular y hacer sombra al recordado maestro de Ronda Don Antonio? Me temo que ni siquiera éste su último nieto matador de la estirpe... Sólo el paso del tiempo dará o quitará razones porque, hoy día, Cayetano no nos ofrece unos cimientos con sólida y fuerte estructura argumental.

 

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Antonio Ramos Calderón
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