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LA CRÓNICA, de Antonio Ramos Calderón QUE TOMEN BUENA NOTA DESDE LA CAPITAL HISPALENSE...Ayer por la noche, miércoles 18 de julio de 2007, tuvo lugar en el pueblo sevillano de Espartinas una corrida mixta que comenzó con un emotivo y caluroso homenaje a los llamados Cuatro Jinetes de la Apoteosis, quienes aparecieron sobre el ruedo de la plaza de toros montados en un carruaje de época enganchado por cuatro caballos engalanados y perfectamente enjaezados. Todo un detalle y reconocimiento por parte del consistorio local a cuatro mitos históricos del rejoneo y del cual debiera tomar nota –como diría Juncal- la apocopada Empresa Pagés de la capital. ¿Alguien se acuerda ya del último festival benéfico celebrado en la Real Maestranza del Arenal? Por otra parte, se lidiaron dos astados de Murube para rejones (1º y 5º), y cuatro de Santi Domecq Bohórquez para la lidia a pie (2º, 3º, 4º y 6º), aceptablemente presentados y de juego desigual. El primero, feo y parado; el segundo, soso; el tercero, de poca clase; el cuarto, pastueño y boyante; el quinto, con interesante tranco; y el sexto, desrazado y sin fuelle. Fueron silenciados en el arrastre tercero y sexto, pitados primero y segundo, y ovacionados cuarto y quinto. Actuó como inédito sobresaliente el sempiterno David Saleri, de rosa palo y oro. La noche fue de agradable temperatura y el ambiente muy bonito con tres cuartos generosos de entrada. El Cid, de obispo y oro, realizó un templado recibo capotero al negro zaino segundo, marcado con el número cinco y de divisa azul y blanca. Silencio espartinero de expectación cuando el de Salteras prologaba faena a un morlaco de comportamiento mirón y de escasa transmisión, aunque noble. Pero nuestro gozo en un pozo porque mediada la obra, Manuel Jesús, contrariado, se resiente de su lesión en el hombro y se ve obligado a abreviar. Una lástima para los seguidores que vinieron a verle. Media en buen sitio con la mano izquierda y aplausos mientras pasaba a la enfermería, de la que ya no volvió a salir nada más que para enfilar camino al Hotel Solúcar en su furgón. José María Manzanares, de azul rey y oro, lidió tercero, cuarto y sexto. El tercero fue un jabonero casi albino que el alicantino saludó con gusto a la verónica. El hijo del Sr. Dolls Abellán reaparecía tras la grave cornada que sufrió por San Juan en su tierra y dejó estimables derechazos en éste, un burel de acometividad un tanto violenta. El trasteo pecó de frialdad y mecanicismo y, al natural, no hubo demasiado acople. Estoconazo perdiendo el engaño, un descabello y saludos. El cuarto, porque se varió turno, resultó noblón, entregado y colaborador y le fue cambiado el tercio de banderillas con sólo tres rehiletes sobre su lomo. Aquí el espada mediterráneo se entonó más y mostró la constancia de su empaque en el toreo en redondo con la diestra. Los trazos contuvieron lentitud y parsimonia y, José Mari, vendió bastante bien la mercancía. Menos brillantez hubo con la zurda. Estocada baja y dos orejas. En el colorao sexto, ojo perdiz y proporcionado de hechuras, el niño de Manzanares tramitó con el percal ante la poca definición y fuerza de su oponente en los primeros compases de la “lucha”. Con la muleta lo fue sobando poco a poco, pero tampoco sin enfadarse mucho ante un enemigo entre descastado y flojo de remos que incluso se echó al final. Estocada caída y silencio. Por su parte, Diego Ventura “chocó” de bruces con un primer “murube” abufalado, basto, sucio, empolvado y muy abanto durante todo el fin de su vida. El sevillano-lusitano puso dos rejones de castigo y, con ahínco y temple, intentó encelarlo a dos pistas en el segundo tercio. Sonó el pasodoble “La Puerta Grande” mientras el animal se mantuvo en sus trece de mantenerse emplazado y con pocas ganas de pelea. El caballero, con arrojo y voluntad, se adornó con teléfonos, cortas y una rosa, pero abusó del tropiezo de cabalgaduras ante un material deslucido y que siempre anduvo con la lengua fuera. Un pinchazo y rejonazo, y una oreja. Más bonito fue el quinto, segundo de su lote, con apreciable badana y alegre embestida. Despertó al respetable con un rejón de castigo al quiebro sencillamente espectacular. Luego, vinieron los ejercicios y piruetas de gran monta, marca de la casa, con “Trincherazo” en los palitroques. Venturita, como le dice su maestro Javier Buendía, enloqueció al Aljarafe lunero con mando y temple de veras mientras la banda interpretaba “Nerva”. Clavó casi siempre en todo lo alto y epilogó su quehacer con un espléndido par a dos manos y tres rosas aperaltadas. Rejonazo trasero y efectivo que provocó rojo derrame y le fueron concedidas las dos orejas y el rabo. Más allá de las doce y media,
cuando la luna entraba en la cenicienta madrugada, el rejoneador Diego Ventura y
el matador Manzanares abandonaban a hombros de los capitalistas la Monumental
del Aljarafe por la “fácil” y bella Puerta Grande. Opina sobre este artículo en nuestro FORO DEL ALJARAFE Antonio Ramos Calderón |
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