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LA CRÓNICA, de Antonio Ramos Calderón ENTRE MAESTROS
Julio Pérez “Vito”, Juan Palma y Carlos Crivell, por orden de antigüedad. Entre maestros. Con esta terna de lujo compartí cómodo asiento ayer por la noche en la flamante plaza de toros de Espartinas (Sevilla), con motivo de la novillada con picadores que se celebró a cuento de la III Feria del Toro y de la Luna de la localidad aljarafeña. Una delicia compartir comentarios con una figura histórica viviente que lo ha sido todo dentro de los toreros de plata de La Fiesta Nacional y, con dos “clásicos” de la crítica taurina hispalense como son el tremebundo Juan Palma y el analista amigo Carlos Crivell. No todos los días tiene uno la privilegiada oportunidad de sentirse rodeado de personas de semejante talle y prestigio, cada uno en lo suyo y… a su forma. Con fresquita temperatura y un cuarto de entrada, el viernes 20 de julio de 2007 se lidió en la Monumental del Aljarafe un encierro de novillos de la ganadería de Antonio Rubio “Macandro”, aceptable de presentación y bonito para los espadas, que desarrolló un comportamiento interesante en líneas generales. El primero, con movilidad; el segundo, encastado; el tercero, bravo, enrazado y repetidor pero con menos trapío; el cuarto, manso y paradote; el quinto, dulzón y pastueño pero con escaso fuelle y motor; y el sexto, acabó respondiendo y colaborando. Ovacionados en el arrastre fueron primero, segundo, tercero y sexto. Pitado el cuarto y silenciado el quinto en sus respectivos caminos hacia el desolladero.
“El Sombrerero”, de rosa y plata, un pinchazo y casi entera (silencio); estocada y dos descabellos (una oreja demasiado cariñosa tras un aviso) Agustín de Espartinas, de rosa palo y oro, un pinchazo y otro hondo (una oreja); pinchazo y casi media (una oreja tras aviso) Pepe Moral, de grana y oro, estocada trasera y tres descabellos (una oreja); estocada trasera y perpendicular y un descabello (dos orejas tras un aviso)
Clarines maestrantes amenizaron la velada y aseado con la capa anduvo Manuel Ocaña ante el utrero que abrió plaza, un burraquito que manseó en banderillas y que se movió de lo lindo en una faena de correctas series de derechazos, un pelín aceleradas, a los sones de “Ópera flamenca”. Con la zurda, sencillamente no hubo entendimiento y el “macandro” se fue a la penumbra con sus dos apéndices auriculares colgando. Ante el cuarto, también burraquito, el jiennense llevó a cabo una labor voluntariosa y machacona que apenas trascendió debido a la condición reservona del animal, que ya se había repuchado en varas y había mostrado cierta guasita en el segundo tercio con anterioridad. Agustín de Espartinas estuvo correcto con el capote en el segundo de la noche, el cual recibió un puyazo trasero en varas y cumplió bajo el peto. Dos chicuelinas y una revolera adornaron el quite del novillero local, para luego comprobar como a su oponente le cambiaron el tercio rehiletero con sólo dos palos encima de su lomo. Brindis al respetable y naturales cosidos de planta quieta en un quehacer muleteril acompañado del pasodoble “La Puerta Grande”. Menos brillantez hubo en las intentonas diestras, aunque el diapasón subió con los desplantes y las manoletinas postreras. Para eso hizo de Manolete en la película que todavía está por estrenar… Dos afarolados de rodillas y mecidas verónicas de salutación con arrebujada media interpretó en el quinto, un bovino escaso de energías que recibió largo puyazo y le pusieron sólo dos pares de palitroques. Agustín aquí elaboró con templanza una obra casi de enfermería, evitando tirones innecesarios y administrando las fuerzas de su enemigo. Epilogó con alardes de cara a la galería. Pepe Moral, el más preparado de la terna de ayer, afianzó a la verónica a un novillo cómodo de cuerna que le tocó en suerte en primer lugar, el cual luchó bravo en el caballo y fue cambiado también con sólo dos pares. El palaciego brindó a Espartinas un torero comienzo por bajo para proseguir, luego, con tandas por ambos pitones plenas de ligazón, temple, largura y mando. Sobresalieron los hondos trincherazos y los rítmicos obligados de pecho. Valientes fueron los rodillazos finales y el utrero, que no se cansaba de embestir con magnífica condición. Ante el sexto, corretón en los varilargueros, tres cuartos de lo mismo porque volvió a estar brillante tanto con percal como con franela. Su verónica denota un buen juego de brazos y su colocación delante de los astados roza la perfección. Los derechazos y naturales resultaron estimables y, los de pecho, siempre de pitón a rabo. El paño siempre en la cara es su virtud porque acaba convenciendo a sus antagonistas de que ese es el camino que deben seguir, y no otro. Además, en este último cornúpeta se entonó con el parón ojedista y con una serie, de perfilera y vertical figura, a pies juntos con la zurda. Finalizó por manoletinas. Es la moda imperante. Al término del espectáculo, Moral y Agustín de Espartinas abandonaron el coso a hombros y por la Puerta Grande. Los congéneres bravos de Macandro habrá que seguir observándolos en el futuro por otras plazas, a ver si siguen dando frutos tan interesantes como los de la noche lunera aljarafeña.
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